GIBRALTAR Y ALBORÁN

Siempre me han molestado los sentimientos que se generan a la sombra de intereses que suelen ser, habitualmente, económicos o financieros. Y es que especular con los sentimientos es, digámoslo con claridad, una triste forma de envilecimiento de las personas que suelen ser hábilmente dirigidas por quienes, para su desgracia, eligieron ellas mismas.

Y sin duda alguna, esto que acabamos de decir puede aplicarse a los gibraltareños y muy probablemente a otras entidades de población muy próximas a nosotros; pero será mejor no extenderse sobre este asunto y limitarnos al objetivo gibraltareño.

Pero tanto como me preocupan los gibraltareños, me preocupan quienes tratan de combatirlos en sus proximidades por dos razones principales: el Reino Unido es más poderoso que nosotros y en consecuencia ganará todas esas pequeñas batallas de patriotismo que intentamos iniciar y por otra parte, bastantes intereses españoles se encuentran radicados en Gibraltar y esos intereses, cuando menos, se situarán de perfil ante el problema.

¿Cuál es pues la posible solución? Sin duda alguna combatirles con sus propias armas y hacerlo fuera de su alcance territorial; concretemos nuestra propuesta:

Hablemos primero de su ubicación; se trata de la isla de Alborán, situada en el Mediterráneo, a mitad de distancia entre España y Marruecos, aproximadamente  sobre el meridiano de Almería, con 70.000 m2 de superficie (640 m de longitud y  260 m en su parte más ancha), de roca volcánica con escasa y pobre vegetación, nada de agua potable, batida por los vientos y con una reserva pesquera importante, en especial de su exquisita gamba roja. Tiene un faro automático y cuenta con un pequeño destacamento militar. Ya posee helipuerto, cementerio y campo de fútbol (que por algo se empieza) y un pequeño puerto marítimo.

Y para darle un ligero toque aristocrático es preciso añadir que existe un marqués de Alborán, descendiente de un almirante de la armada de Franco, que fue el primero en ostentar el título. Sin embargo el actual marqués no reside en la isla.

Convirtamos entonces a la isla de Alborán en isla autónoma (ya existen dos ciudades autónomas: Ceuta y Melilla), dotémosla de un régimen fiscal especial, mucho más ventajoso que el gibraltareño y construyamos en la isla el Alborán Bank, un gran hotel, un importante casino y sobre todo un centro de servicios múltiples con alojamientos virtuales para empresas dinámicas, una notaría y un registro, una ventanilla única por si alguien quiere personarse allí y una subdelegación del Gobierno que proteja y ampare todas las actividades fiscales y financieras que se vayan instalando. Un puente aéreo 24 horas desde Málaga y desde Almería con grandes helicópteros y un par de espigones para la creación de un gran puerto deportivo entre Alborán  y el islote de la Nube, muy próximo al extremo noreste de la isla.

Y construyámosle al marqués un gran chalet con el compromiso de que pase, al menos, seis meses en la isla, pues sin duda alguna llegaría a ser un atractivo turístico más.

Sería necesario realizar una intensa campaña de promoción entre las empresas radicadas en otros paraísos fiscales, basada fundamentalmente en la gran experiencia que tienen nuestros dirigentes políticos en este tipo de habilidades y en el ofrecimiento de costes empresariales nulos durante los dos primeros años de instalación. Además, hotel gratuito, incluso comidas y una ración de las exquisitas gambas rojas de la isla, en el primer viaje, caso de realizarse. Aparte de todo lo anterior, sorteo de un atraque permanente en el gran puerto deportivo, entre las cien primeras empresas inscritas.

Y por supuesto, también una promoción turística importante; la isla poseería un gran balcón, pero a diferencia de otras muchas en las que dicho balcón da al mar, este nuestro daría al patio de operaciones del Alborán Bank y los turistas extasiados, verían de primera mano las transacciones de dinero procedentes da tantos y tantos países, de tantas y tantas empresas, de tantas y tantas personas… Y al lugar le llamaríamos “El balcón del paraíso”  (Por supuesto del paraíso fiscal).

Y a consecuencia de todo ello, sería necesario tener prevista a corto plazo la ampliación de la isla mediante el vertido de grandes bloques de hormigón en el mar; en un primer cálculo se supone que podría llegar a duplicarse, sin excesiva dificultad, la extensión de la isla.

En el colmo de la habilidad negociadora, sugiero que se le ofreciese a Fabián Picardo el puesto de presidente de la isla autónoma; me atrevo a pensar que, a lo mejor, aceptaba…

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