VII. UNA GRAVE AUSENCIA: EL ENTUSIASMO

Cuando se oye hablar de la crisis que nos afecta y sobre todo, escucha uno las palabras de aquellos que tienen la obligación de dirigirnos o, al menos, de orientarnos, se perciben una serie de razonamientos sobre motivos y responsabilidades que no me parecen mal y una serie de recomendaciones, ya no tan concretas, sobre lo que hay que hacer. Pero todas esas palabras están dichas con tanta seriedad que llegan a contener, diría yo, algo de resignación y un punto de tristeza.

Amberes: Olimpiada 1920. España consigue la medalla de plata en fútbol contra Suecia y el gol que nos dio la victoria final lo marca Belauste, culto jugador bilbaíno, licenciado en derecho, ejerciendo la carrera, con 193 cm de altura y casi 100 kilos de peso, que al grito de “A mi Sabino, que los arrollo”, pidió el balón a su compañero y entró en la portería con el balón y tres jugadores suecos más, realmente arrollados; y éste fue el gol de la medalla. ¿Os acordáis?

¿Nos hemos olvidado de Las Navas de Tolosa? ¿Del “Santiago y cierra, España”? ¿Del sitio de Cádiz por los franceses? ¿De Agustina de Aragón? ¿De Viriato? ¿De Indíbil y Mandonio? ¿Del tamborcillo del Bruch? ¿De Cristóbal Colón? ¿De Hernán Cortés, Pizarro, Núñez de Balboa y Pedro de Alvarado? ¿De Juan Sebastián Elcano? Y de tantos otros españoles que han conseguido sus objetivos mediante la posesión de habilidades especiales y conocimientos importantes, pero rodeados siempre de una inmensa dosis de entusiasmo.

Permitidme ahora que haga un inciso y divague un tanto, que ese es uno de los objetivos de nuestro libro; en la expresión “Santiago y cierra, España” aparece una coma muy importante que muchos ignoran, diría yo que a propósito. No es lo mismo decir “Santiago y cierra España”, donde lo que expresamos con claridad es ese extraño deseo de autarquía que en algunas ocasiones nos ha poseído que, colocando la coma, hacer equivaler el verbo cerrar a agrupar, reunir a todos, para un fin concreto y determinado, siempre, sin duda alguna, con la presencia de Santiago.

Pero volvamos a lo nuestro: hemos perdido la mejor y mayor de nuestras cualidades: el entusiasmo, tantas veces llamado “furia española”. Entre tantas leyes creadas en los últimos años que no cesan de orientar y mejorar nuestros modos de vida, echo de menos una fundamental: la Ley del entusiasmo.

Y ¿qué es el entusiasmo?, me diréis. Muy sencillo (y ahora no acudo al DRAE): la capacidad de afrontar el presente, mirando sin cesar al futuro, con seguridad plena en los objetivos, confianza total en los que me acompañan y una inmensa dosis de optimismo.

Y si analizamos la situación en detalle, comprobaremos que, en efecto, no somos capaces de percibir y analizar el futuro, no tenemos seguridad plena en nuestros objetivos, carecemos de confianza en los que nos acompañan y no poseemos ni una pizca de optimismo.

Curiosa y tristemente, diría yo, hay un sector donde se dan todos esos factores en plenitud: el deporte. Y no solo en el deporte retribuido, sino también en el deporte olímpico, como comprobamos cada cuatro años.

Es clara la decisión: tenemos que considerar el trabajo como un deporte más… y nos bastaría, de momento, con la medalla de bronce.

Tenemos un himno realmente emotivo para honrar a los que se fueron en nombre de nuestro país, que escuchamos y cantamos una o dos veces al año; necesitamos, también, un himno para honrarnos a nosotros y a todos los que van a venir, igual de emotivo y profundamente optimista, que deberíamos cantar, al menos, una vez a la semana…

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