CANTIDAD VS. CALIDAD: LA NUEVA SOCIEDAD

Entre los muchos defectos de nuestro sistema actual de vida se encuentra, por encima de todos, el frecuente triunfo de la cantidad sobre la calidad. Y ello se produce por la inevitable existencia de dos principios básicos: la cantidad no requiere de calidad para el triunfo, le basta con su cuantía; por el contrario la calidad, como nunca puede generarse en grandes volúmenes, pues siempre requiere un buen terreno y una mejor semilla, cosas en extremo difíciles de encontrar, acaba siendo arrollada cuantitativamente.

Y la verdad es que no es tan solo asunto de estos tiempos; existe una vieja copla de ciego castellana que dice:

Vinieron los sarracenos
y nos molieron a palos
Que Dios ayuda a los malos
cuando son más que los buenos.

Sin embargo, en nuestra época es más frecuente el fenómeno porque la cantidad requiere siempre, para un triunfo consolidado, de un efecto cohesionador y ese efecto, en pleno auge de las comunicaciones, se produce con enorme facilidad. Bástenos un ejemplo: las redes sociales, donde lo importante es el número de “twits” que genera una persona o un hecho, sin que preocupe el contenido de los mismo, salvo para saber si ensalza o denuesta. En el primer caso, el objetivo al que se dirigen los “twits” es destrozado y en el segundo ensalzado, pero eso no importa tanto como el dejar acreditado el triunfo de la cantidad, que en ambos casos lo es.

La democracia, al menos en nuestro país, es otro ejemplo claro del fenómeno. Cuando se produce el triunfo de una mayoría, los que pasan a ostentar el poder son los ejemplares más conspicuos de dicho grupo. Y como viene quedando claro que, triunfe la cantidad que triunfe, los tales ostentadores carecen en absoluto de calidad, parece deducirse de ello que la cantidad no viene a engendrar calidad; quizás precisamente por eso, tiende a derrotarla. Y esto sería tan solo una bonita digresión pseudo filosófica si no fuera porque en el caso de la política, las conductas irregulares, por definirlas con cierta delicadeza, se agregan a la falta de calidad, (en realidad son más falta de calidad), dirigiéndonos, casi inevitablemente, a situaciones complejas y de difícil regresión de las que ya tenemos suficientes ejemplos.

Hay, por desgracia, otros muchos casos que confirman todo lo anterior; las manifestaciones, en la mayoría de las cuales vemos posturas antisociales de todo tipo que impiden el ejercicio de muchos de los derechos de los demás, solo porque la cantidad que se manifiesta no puede ejercer los suyos, como si ello fuera razón suficiente… Y así, el objetivo inicial de la manifestación que en muchas ocasiones es por completo justo, pierde toda posibilidad de justificación.

No quiero entrar y lo hago deliberadamente, en el deporte, pues pienso que podría generarme muchos más enemigos de los que sin duda ya tengo… pero no nos engañemos; las multitudes en el fútbol, por poner el ejemplo más claro, son en muchas ocasiones, un ejemplo evidente del triunfo de la cantidad sobre la calidad.

Y me preocupa muchísimo que cuando la sociedad, consciente del problema, decide actuar, ha de hacerlo de manera violenta, prueba palpable de que, al menos, ha perdido la primera parte de la confrontación y de que no posee ya la seguridad de ganar la segunda

Y todavía me preocupa más que toda esta situación se consolide como una especie de estilo social y que se instauren dos fenómenos gravísimos: el triunfo permanente de la cantidad sobre la calidad y el intento de evitarlo por medios inadecuados; podría llegar a ser una de las posibles formas de muerte de la sociedad. Maravilloso argumento para un nuevo H. G. Wells.

El problema es, una vez más, de educación; no hemos sabido educar nunca y al pasar en un plazo muy breve de un sistema absurdo por autoritario a otro igual de absurdo por libérrimo, no conseguimos aportar a nuestros educandos esa dosis de calidad que hace del hombre un ser verdaderamente superior. Cuando la cantidad sea capaz de ser a la vez calidad, nuestra sociedad habrá alcanzado el verdadero estado del bienestar, porque esa auténtica calidad será capaz de informar, de valorar, de gobernar, de redistribuir y de impartir verdadera justicia, siendo estas acciones aceptadas por todos, es decir por la cantidad, precisamente en función de la calidad humana que ya han alcanzado.

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